Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

"Por esto, queridos hermanos, manteneos firmes, inconmovibles, trabajando más y más en la obra del Señor, sabiendo que el Señor no dejará sin recompensa vuestro trabajo"
San Pablo (1 Cor. 15, 57)

Homilías

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Homilia XXV domingo del Tiempo Ordinario

La Primera Lectura, es un texto del Libro de Amós, profeta que con razón muchos califican como el "profeta de la justicia social". Si hemos prestado atención el fragmento que hemos leído refleja una sociedad rural sencilla, pero sus críticas duras pueden repetirse hoy desde nuestro modelo económico: también hoy se siguen usando balanzas con trampa; hay mecanismos "micro" y "macro" económicos que permiten el enriquecimiento fácil y espectacular; ya no se compra al mísero por un par de sandalias, pero se pueden establecer sistemas de financiación que pueden hundir al que más lo necesita. Con solo echar un vistazo a nuestro alrededor nos encontramos con familias entrampadas con el pago de su hipoteca, cuando apenas hace un par de años, los bancos les prometían el "oro y el moro" ofreciéndoles "mil facilidades".

El Evangelio de este domingo es la continuación, sin interrupción, de las parábolas de la misericordia que escuchamos el domingo pasado. Allí se nos presentaba a un Dios Padre, que quiere a todos los hombres: al hijo pródigo y a su hermano mayor, a la oveja perdida, que hace salir el sol sobre buenos y malos.

Ese es también el mensaje que subyace en el profeta Amós: No puede haber alianza con Dios, si no existe alianza y justicia entre los hombres; la alianza con Dios es inseparable de la justicia y hermandad entre los hombres. ¿Cómo podemos llamar Padre al Dios que nos acoge con misericordia y bondad a pesar de nuestras infidelidades y pecado, si no nos sentimos hermanos de los hombres?

Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres y vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés. Sólo hay una manera de vivir como "hijo" de Dios, y es, vivir realmente como "hermano" de los demás. Por eso el que vive al servicio de sus bienes, dinero e intereses, no puede preocuparse de sus hermanos y no puede, por tanto, ser "hijo fiel de Dios". Así se explica la dura frase final de Jesús: "No se puede servir a dos señores...no podéis servir a Dios y al dinero".

Es verdad que todos tenemos cierta inseguridad que procuramos tapar teniendo cosas. Los bienes de algún modo cubren esa inseguridad. Por ejemplo, las personas mayores, generalmente, piensan que, como no producen, no van a tener para vivir, aumentando así esa inseguridad. Pues bien, la riqueza, el dinero, desencadena un mecanismo en la fantasía pensando que en los bienes vamos a encontrar esa seguridad, pensamos que cuanto más tengamos más seguros vamos a vivir; pero resulta que la codicia es un saco sin fondo que nunca se llena. Siguiendo este mecanismo fantasioso de pensar que vamos a encontrar esa seguridad en las riquezas, conduce a la autosuficiencia, a no necesitar de Dios ni de los demás. Por esto es por lo que se condena la riqueza y a los ricos en el evangelio, porque creen que con su riqueza ya no necesitan a Dios.

Si nos contentásemos con lo indispensable, "no existirían pobres". Desgraciadamente, los pobres siguen existiendo aún con mayor gravedad que en tiempos de Jesús, hace veinte siglos o en tiempos de Amós hace veintiocho siglos. Realmente es una gracia que hayas nacido en esta parte del planeta que llamamos "mundo desarrollado". ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esta suerte? O dicho de otro modo: ¿qué mérito tienen nuestros niños, que nacen rodeados de cuidados y regalos, y qué mérito no tienen los niños famélicos y comidos por las moscas, sin fuerzas para espantarlas, de los campos de refugiados de cualquier país del tercer mundo? ¿Qué sentirá ese Padre del cielo, que quiere a todos los hombres por igual, ante el sufrimiento de estos pobres niños? ¿No tienen todos los niños, los del tercer mundo y los nuestros, el mismo mérito de ser, todos ellos, hijos de Dios?

El pecado del hijo pródigo fue el de derrochar su fortuna...

Que el Señor nos haga pobres necesitados de Dios y de los demás y nos haga vivir desde sus valores para encontrarnos con Él que es Padre misericordioso y quiere a todos sus hijos por igual.

Que así sea.

Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
Plaza de la iglesia 2 ·

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