Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

Al principio creó Dios el cielo y la tierra
(Génesis 1,1)

Homilías

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Homilia V Domingo del Tiempo Ordinario

Las lecturas de este domingo V del tiempo ordinario son un recorrido por la vocación de tres grandes personajes: Isaías, Pablo y Pedro. Son, por tanto, una invitación para que nos demos cuenta que cada persona tiene una historia personal en su relación con Dios, como nos pasa a nosotros. Dios nos continua llamando hoy, nos sigue pidiendo que en su nombre volvamos a echar las redes.

Cuando hablamos de vocación no nos referimos sólo a los curas y a las monjas. Todo cristiano tiene una vocación. Esta palabra en su origen (del latín "vocatio", "acción de llamar") significa "llamada". Y Dios nos llama. Nos llamó en el momento de nuestro Bautismo, nos ha seguido llamando en nuestra vida (al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada, al compromiso seglar...), y nos sigue llamando hoy, aquí y ahora, con su palabra que es viva y personal, a la que debemos prestar mucha atención, y a través de la vida actual, con sus vaivenes y sus dificultades. Nuestro Dios está activo y sigue llamando.

La primera reacción puede ser pensar: "a mi no, ¡uf! con lo trasto que soy yo y la de pecados que sabes que tengo"; o a lo mejor: "pero si yo no valgo para eso, con la de gente buena que habrá por ahí y se va a fijar Dios en mí, ¡venga ya!".

Tranquilos, todos lo hemos pensado. También el profeta Isaías –como hemos leído en la Primera Lectura—, que fue un profeta grande, empezó dudando: "yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros...". Y, ¿qué vamos a contar de Pedro, el apóstol primero, el de las llaves del reino de los cielos?. Cuando Jesús le dijo que volviera a echar las redes para pescar, casi se parte de risa, pero responde a Jesús, con cierta diplomacia: "hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada". Esta respuesta es como si Pedro, por respeto al "maestro", no quisiera dejarlo en mal lugar. La reacción fue la misma que la de Isaías y que la tuya y la mía: "apártate de mi, Señor, que soy un pecador", "que yo no valgo para esto, que soy un trasto, que hay otros mejores que yo" (y seguramente sería verdad). Pedro vive el proceso de pasar de considerar a Jesús como "maestro" a considerarle como "señor" (que es lo mismo que decir Dios, salvador, Mesías...), aun sintiéndose indigno de Él.

Pero Jesús nos da una lección de confianza. Dios llama y confía su tarea de "pescadores de hombres" a gente sencilla como Isaías, Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Pablo, tú, yo... Dios se fija en quien nunca lo hubiéramos imaginado (o ¿quién se iba a imaginar que Pablo, el gran perseguidor de la Iglesia, fuera llamado para ser el gran apóstol del Evangelio?). "¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? ¡Aquí estoy, mándame!". "No temas, desde ahora serás pescador de hombres".

No pensemos que esto es sólo un relato nostálgico del pasado. Dios sigue llamando hoy a personas que, con la fuerza del Espíritu Santo, se dejan transformar para ser "pescadores de hombres", constructores del Reino de Dios desde sus familias, sus trabajos, sus amigos, desde la sociedad y la Iglesia. ¿Cómo escuchar hoy su voz? Esa es la gran pregunta que nos debemos hacer.

Para escuchar hay que prestar atención. Para escuchar al Dios que hoy nos habla es necesario prestar atención a lo que nos dice nuestro interior, nuestros deseos, nuestras frustraciones; se hace necesario prestar atención a la vida real, a lo que les sucede a los otros, a los sufrimientos que llevan por fuera y se ven y los que se llevan por dentro y no se ven; es imprescindible prestar atención a la palabra y a la vida de Jesucristo. Si así lo hacemos, iniciamos un camino distinto al de la distracción que la sociedad de consumo nos vende, superamos el miedo y el egoísmo que sólo desean ocultarnos y alejarnos de la realidad personal, social y divina. Y si así nos aventuramos, estamos dejando las ventanas abiertas para que la palabra de Jesús entre en nuestra casa y en nuestra vida, nos sane, nos devuelva la alegría y nos salve.

Hay, pues, que prestar atención a nuestro interior, prestar atención a la vida real y prestar atención a la palabra y a la vida de Jesucristo. Así podremos escuchar la llamada de Dios hoy, actualizada, para este momento concreto de nuestra vida y de nuestra historia. Estas son nuestras herramientas. La Eucaristía nos predispone, nos hace receptivos a la llamada, nos ponen en la sintonía de Dios, en su mismo canal, para que no escuchemos ni prefiramos otras voces, otras informaciones, otros entretenimientos, para que no cambiemos de canal. Dios nos habla hoy, aquí y ahora. Prestémosle atención. Nos va la vida y nuestra felicidad en ello.

¿Somos cristianos?. Esa es nuestra vocación y a la que hemos sido llamados. Pues que se note. Seremos cristianos; esto es, discípulos de Cristo, sólo cuando dejemos la barca, las redes y los peces y sigamos a Jesús, un Jesús que tuvo hambre y sigue teniendo hambre y que tuvo sed, dolor y angustia como cualquiera de nosotros, con la diferencia que él, Jesús de Nazaret, nos tiende la mano siempre. Y nosotros apenas hacemos eso con nuestros semejantes. Y no nos valen excusas de ser amigos de los que son ya nuestros amigos o de sólo los que llevan al cuello el carné de nuestro partido. Mientras no se busque el bien de todos y cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Mientras que no se vea en la mano tendida de cualquiera, la misma mano de Jesús que sufre o está hambriento.

Y en esa misma dirección nos en envía Jesús que nos ha llamado, para eso nos hace profetas suyos, como Isaías, y apóstoles, como Pedro y como Pablo, para que vayamos creando una sociedad solidaria, más austera, donde quepa la alegría de saberse de verdad hermanos. Sólo entonces dejaremos de ser peces atrapados en una red, la red de nuestra codicia y nuestro egoísmo, la red de este llamado "estado del bienestar".

Con la fuerza del Señor, la gracia de Dios, la pesca se convierte en un milagro; hechos pescadores de hombres, la Palabra del Señor llegará hasta los confines de la tierra. Dejémonos interpelar por el Señor, escuchemos su voz y, con humildad, pongámonos "manos a la obra".

Que así sea.

  • primera lectura: Isaías 6, 1-2a.3-8

    El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo:

    -- ¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria!

    Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije:

    --¡Ay de mi, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.

    Y voló hacia mi uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:

    -- Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.

    Entonces escuché la voz del Señor que decía:

    -- ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?

    Contesté:

    -- Aquí estoy, mándame.

     

    Palabra de Dios

  • salmo responsorial: Salmo 137

    R.- DELANTE DE LOS ÁNGELES TAÑERÉ PARA TI, SEÑOR

    Te doy gracias, Señor, de todo corazón;

    delante de los ángeles tañeré por ti,

    me postraré hacia tu santuario. R.-

     

    Daré gracias a tu nombre

    por tu misericordia y tu lealtad.

    Cuando te invoqué, me escuchaste,

    acreciste el valor de mi alma. R.-

     

    Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra.

    al escuchar el oráculo de tu boca;

    canten los caminos del Señor,

    porque la gloria del Señor es grande. R.-

     

    Tu derecha me salva.

    El Señor completará sus favores conmigo:

    Señor, tu misericordia es eterna,

    no abandones la obra de tus manos. R.-

  • segunda lectura: Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 1 - 11

    Hermanos:

    Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe.

    Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

    Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

    Palabra de Dios

  • evangelio: Lucas 5, 1 - 11

    En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que le apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

    -- Rema mar adentro y echad las redes para pescar.

    Simón contestó:

    -- Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

    Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo:

    -- Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

    Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo pasaba a Santiago y Juan, hijos del Zebedeo, que eran compañeros de Simón:

    -- No temas: desde ahora, serás pescador de hombres

    Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

     

    Palabra del Señor

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