Estamos en el domingo III de Cuaresma. Se nos continúa invitando a la conversión.
En el primer domingo se nos decía que el tener cosas materiales, tener poder o tener fama no lleva a la felicidad. El cambio de mentalidad está en pensar que la felicidad está en el amor y en el servicio a los demás.
En el segundo domingo se nos invitaba a aceptar la cruz para llegar a la luz. El cambio de mentalidad está en ver que la cruz —no la resignación— es un camino imprescindible para alcanzar la resurrección y la gloria.
En este tercer domingo se nos invita a purificar nuestra idea de Dios o, incluso, a cambiarla si nos hemos formado una idea equivocada: Dios no es un Dios lejano, desentendido de la humanidad; Dios un es un juez implacable, condenador de lo humano, castigador. Dios no es un Dios "tapa-agujeros", que buscamos sólo en los problemas que no podemos solucionar. Dios no es el resultado de mi creación, de la idea que yo me fabrico. Dios no es el resultado de sumar el esfuerzo de toda la humanidad por hacer un mundo más justo. Es un Dios que supera, que completa, nuestro mundo. Por supuesto, Dios no es una imagen de madera. Es un Dios no reducible a una representación humana. No lejano, no castigador.
Para entrar en la presencia de Dios, para poder descubrirle nos tenemos que "descalzar", como hizo Moisés [en la primera lectura], de todas nuestras ideas prefijadas sobre Dios.
Una de las ideas más equivocadas de Dios, que podemos tener nosotros y que tenían los contemporáneos de Jesús, es que Dios castiga con el mal o, quien padece algún tipo de mal es a consecuencia de sus pecados, por los que Dios le ha castigado con ese mal.
Es de lo que habla el Evangelio de este domingo.
Se acercaron a Jesús para preguntarle acerca del mal "social", el que producen las personas, comentándole el caso de los galileos, cuya sangre se ofreció en sacrificio por manos de Pilato. ¿Pensáis que eran más pecadores que vosotros? —les dice Jesús—; pero Jesús además añade otro caso, esta vez de un mal "físico" o de la naturaleza: los dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé ¿pensáis que eran más culpables que vosotros?. Podríamos decir que su final no es consecuencia de un castigo de Dios, por que ellos —quienes preguntaban— también eran igual de pecadores y de culpables y estaban vivos. La razón de su muerte es la libertad de las personas y el mal de la naturaleza.
Después Jesús dice: si no os convertís todos pereceréis de la misma manera. Aquí podemos entender, según todas las escrituras, que la muerte no es consecuencia del castigo de Dios, sino que es la consecuencia del mal obrado. Vivir en el egoísmo es como estar muertos; vivir convertidos, en el amor, es tener una vida plena y eterna. Hemos de escuchar en los acontecimientos de la vida la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.
Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es "¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?", sino "¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?".
Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.Dios no castiga, nos dice el Evangelio, y además nos dice con la parábola de la higuera, que Dios es paciente, [El Señor es compasivo y misericordioso, decimos en el salmo, y veremos el próximo fin de semana con la parábola del hijo pródigo], Dios es paciente con el hombre esperando que dé los frutos de la conversión, pues la conversión no es sólo cambiar en el modo de pensar, sino también en el modo de actuar.
Dios no es un juez castigador, es paciente con el hombre, y además, según la primera lectura, Dios no está en su cielo desentendido del hombre, es un Dios liberador, dice "He visto..., he oído..., voy a bajar a liberarlos".
Que el Señor nos haga comprender mejor quién es Él, para que comprendiéndole mejor nos podamos parecer cada vez más a Él: no condenar, no castigar, estar cercano a las necesidades de los demás y acercarnos a liberarles.
Que así sea.
Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
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