Este domingo celebramos la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Una fiesta instituida en el siglo XIII para destacar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
En aquella época se daban distintas interpretaciones erróneas acerca de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Ante ese debate, la Iglesia apuesta por mostrar el misterio. No más discusiones, ¡contempladlo! Éste es el pan, éste es Cristo que pasa por calles y plazas, ¡admiradlo!, ¡gustadlo!
Cristo está realmente presente en el pan y en el vino de la Eucaristía. Son su Cuerpo entregado y su Sangre derramada.
Celebrar la Eucaristía es rememorar que la sangre derramada por Cristo, la entrega de su propia vida, nos devuelve a la comunión con Dios, que el hombre había roto por el pecado. La entrega de Cristo nos enseña a dar un culto verdadero a Dios, con la entrega de la propia vida.
Celebrar la Eucaristía, acercarnos a comer este pan troceado, este cuerpo de Cristo hecho añicos para unirnos, no sirve de nada, como no sirve de nada celebrar los sacramentos, si no celebramos en ellos nuestra propia vida, con sus penas y alegrías, si no llevamos su fuerza a nuestra propia vida para vivir desde los valores de Dios.
Este don inmenso que se nos entrega, se nos regala para que lo comuniquemos, pues la Eucaristía es principio y proyecto de misión.
La Eucaristía es un modo de vivir, de ser, de amar y de servir “que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura”. No tengamos miedo a hablar de Dios ni mostrar los signos de la fe con la frente muy alta.
La Eucaristía, es la escuela donde aprendemos a ser hermanos y solidarios, en ella Dios se hace solidario con los hombres, se hace alimento, para acompañar y consolar nuestro caminar.
Por eso celebrar el Corpus es celebrar también el amor infinito de Dios. Es, por ello, el gran día de Caridad, el día de Cáritas.
El lema de este año “Una sociedad con valores es una sociedad con futuro”, invita a que estemos atentos a la situación crítica en la que vivimos porque la crisis económica actual pone también en evidencia una profunda crisis de valores morales.
La dignidad de la persona es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social y económica; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio de servicio de la persona y del desarrollo social.
Una de las posibles causas de la crisis es la falta de transparencia, de responsabilidad y de confianza. Estos no son elementos económicos o financieros, sino actitudes éticas, lo cual quiere decir que cerraremos en falso la crisis si no estamos dispuestos a afrontar la crisis ética que la sustenta.
Ante la pobreza de valores, trabajemos con la justicia. El clamor de las familias en paro ha llegado hasta nosotros. Este Día de la Caridad del 2009 ha de ser la ocasión, en esta situación profunda económica y de paro que están padeciendo muchas familias, para tomar conciencia de los derechos que tienen los más pobres a poseer de los bienes que tenemos. Es una oportunidad de rectificar y sentar las bases de la convivencia en valores sólidos capaces de construir un orden económico y social transparente y justo.
Nuestro compromiso tiene que ser también efectivo, nuestra participación en la colecta de este día, más que nunca, nos llama a compartir con nuestros hermanos.
Pidamos al Señor, en esta fiesta del Corpus Christi, que vaya delante de nosotros por la gran encrucijada del mundo y que nosotros le encontremos y escuchemos en los que más sufren de un apoyo moral o económico.
Que así sea.
En aquellos días Moisés bajo y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; el pueblo contestó a una:
--Haremos todo lo que dice el Señor.
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza, se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:
--Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:
--Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos esos mandatos.
Palabra de Dios
R.- ALZARÉ LA COPA DE SALVACIÓN, INVOCANDO EL NOMBRE DEL SEÑOR
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. R.-
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava,
rompiste mis cadenas. R.-
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo. R.-
Hermanos:
Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar de las cenizas de una becerra tiene el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
Palabra de Dios
El primer día de ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
--¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
Él envió a dos discípulos diciéndoles:
--Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: “El maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
--Tomad, esto es mi cuerpo.
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo:
--Esta es mi sangre, sangre de alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.
Palabra del Señor
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