Hoy es Pentecostés, hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia.
Lo hemos oído en la Primera Lectura, san Lucas nos cuenta como fue ese nacimiento: los discípulos estaban juntos, encerrados en el mismo lugar por miedo a los judíos. Ellos que habían visto vivo al Señor, que habían experimentado junto a Él el gozo de su resurrección, tenían miedo de acabar asesinados como su maestro. Estaban paralizados, acobardados, no sabían que hacer, qué predicar, a donde ir. Tampoco comprendían muy bien todo lo que Jesús les había dicho. Sólo recordaban su promesa de enviarles su Espíritu. Por eso se habían juntado a rezar junto a la madre de Jesús, para pedir el Espíritu que Jesús les había prometido. Y he aquí que de pronto, sin saber muy bien cómo, se sintieron llenos del Espíritu Santo. Y empiezan a comprender, y dejan el miedo y con valentía salen a la calle a anunciar a Jesucristo, y muchas personas les escuchan y les entienden, y comienzan a juntarse en comunidades que escuchan la palabra de Dios y comparten lo que tienen... Así de sencillo y así de extraordinario es el comienzo de la Iglesia, nuestra Iglesia, de la que todos formamos parte.
Algo de eso nos ocurre también a nosotros. Somos cristianos, sí. Estamos bautizados, confirmados, celebramos la Eucaristía... pero tenemos miedo. Miedo a manifestar que somos cristianos.
Fue el Espíritu el que estuvo presente junto a María en el momento de la encarnación de Dios. Es el Espíritu el que está presente también junto a María en el momento del nacimiento de la Iglesia. Y es el Espíritu el que a lo largo de los siglos va agregando a la Iglesia, gente de toda raza y condición, el que nos explica la vida de Jesús, y el que nos anima a seguir con la misma misión de Jesús: anunciar el amor de Dios y trabajar por su Reino. Esto no lo podemos callar.
La vida del cristiano es pues, la vida del que se deja guiar por el Espíritu. Por eso hoy y siempre, nuestra oración ha de ser la misma que la de los primeros discípulos, pedir al Padre que nos dé el Espíritu Santo para que podamos vivir, morir y resucitar como Jesucristo. Pero ¿qué significa dejarse guiar por el Espíritu?.
Vivir según el Espíritu de Jesús, significa hoy entre otras cosas y por ejemplo: mejorar nuestro sentido social, pensando en las consecuencias de nuestros actos; resistir la seducción de la publicidad, no malgastando el dinero en comprar lo que no necesito, tratando de vivir más austeramente; cambiar de canal de TV o apagarla cuando echan eso de la telebasura o protestar a quien corresponda por esos contenidos.
Ser cristiano hoy, vivir según el Espíritu es ser más tolerantes con los de casa, escuchar a nuestros hijos, procurarles e implicarnos en su adecuada educación. Vivir según el Espíritu es también saber perdonar, pero perdonar no con aquello de que “yo perdono pero no olvido”. Si perdonamos de verdad tenemos que olvidar la ofensa, sino no somos cristianos verdaderos ni podemos rezar el Padrenuestro.
El Espíritu está fuera. No encerremos el Espíritu en una jaula, ni lo vivamos sólo un instante cada semana cuando venimos a la iglesia. El Evangelio es un libro para la vida y la vida está fuera, donde viven la mayoría de los hombres y mujeres. Llevemos en nuestras vidas ese evangelio y enseñémosles que existen cristianos. Que ya no hayan pintadas de extrañeza sobre si existen o no existen los cristianos.
Hace falta hoy valentía en la proclamación del Evangelio. La valentía que tuvo Cristo y que le llevó a la cruz. Valentía para ser consecuentes en lo que creemos. Si uno es feliz trata de contagiar su felicidad a los demás. Así lo tenemos que hacer, como los discípulos, para ello tenemos la ayuda de Santa María la esposa y compañera fiel del Espíritu, la madre de la Iglesia.
Que la Virgen María nos ayude a vivir según el Espíritu, para que juntos testimoniemos, con todas las gracias y dones que poseemos, el gozo de nuestra fe.
Que así sea.
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
-- ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.
Palabra de Dios
R.- ENVÍA TU ESPÍRITU, SEÑOR, Y REPUEBLA LA FAZ DE LA TIERRA.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.-
Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas, y
repueblas la faz de la tierra. R. -
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R. -
Hermanos:
Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Palabra de Dios.
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-- Paz a vosotros
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Palabra del Señor.
Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
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