Cuando faltan pocos días para terminar este tiempo de Navidad, antes de celebrar la Solemnidad de la Epifanía, hoy volvemos a escuchar el mismo pasaje en el Evangelio que ya escuchábamos el día de Navidad para que profundicemos, aún más, en el misterio de la Palabra encarnada.
Para muchos este tiempo que vamos dejando no es la Navidad, sino las "Navidades" (en plural) o las "Felices Fiestas". Su celebración va unida a las cenas de empresa, la lotería, la cesta, las compras, el marisco y el "champañ", Papá Noel, el árbol, las bolas y el espumillón, el aguinaldo, las panderetas y zambombas, el pavo, el turrón, los mazapanes… En definitiva, un gasto inútil y el desenfreno alcanzan cotas inimaginables.
¿Es esto la Navidad? Olvidamos con frecuencia el origen de lo que estamos celebrando. Sólo cuando nuestra mirada se desvía hacia el Belén y vemos al niño sonriendo en su cuna de paja podemos percibir la razón de todo esto.
Dios es Palabra eterna, es vida, es poder, es luz en las tinieblas, es creador del mundo. La Palabra, se hizo hombre, se encarnó, vino a habitar entre los suyos, muchos de los suyos no le recibieron, prefirieron tinieblas a la luz; pero a los que le recibieron les llama a ser los hijos de Dios. Lo acabamos de oír.
Jesús recién nacido nos interpela hoy a todos, no como amenaza, es una llamada buena. Hemos de preguntarnos si nos identificamos con los que pasan de largo, sin recibirle, o si hemos aceptado su llamada para ser los hijos de Dios.
Nos ha dicho el evangelio que con el nacimiento de Jesús, Dios ha entrado en la historia de la humanidad con un poder que transforma a las personas, a todas las personas de nuestro tiempo y a las de todos los tiempos, a los que han existido y existirán, también transforma nuestras vidas.
Dios en Jesús es vida que se hace hombre, es fuerza que se infunde en nosotros y nos cambia. La encarnación de Jesús nos dice cómo es Dios el Ser desconocido, manifiesta ante todo el deseo de Dios de llevar a cabo la salvación plena de los seres humanos. Jesús humano, nos hace más humanos, profundamente humanos, nos hace más honrados, buenas personas. Es el centro de la religión de Jesús. Es el mensaje de Juan que nos descubre cómo es Dios y que vive entre nosotros.
¿Nosotros estamos seguros de que nuestro Dios vive entre nosotros? Muchos en nuestro mundo han respondido preguntando dónde está ese Dios que es para ellos un desconocido, un Dios ausente, más aun, innecesario. Innecesario dicen, para conseguir el desarrollo económico, para luchar contra el sida, para alimentar a toda la población mundial, no nos sirve para salir de nuestras crisis y lograr un mundo justo, nos sobra un dios que se ha desentendido del interés de tantos hombres y mujeres de hoy. Al margen de las preocupaciones inmediatas no hay nada ya importante y Dios va siendo, en pensar generalizado, una abstracción, un mito. Lo trascendental es llenar esta corta vida de buen vivir. No es difícil palpar todo esto en nuestro mundo.
"Los suyos no le recibieron". Estas palabras tienen tinte patético. Los suyos le dieron muerte. Es la respuesta de sus hermanos de su tiempo a la encarnación, al modo de hacerse hombre de Jesús, que vivió muy pegado a la tierra y a la sociedad de su tiempo. De hecho lo mataron porque no les convenía el Dios del que les habló, no les convenía su modo de hacerse hombre que resultaba sumamente incómodo para los poderosos de aquel tiempo.
La pregunta de hoy: nosotros hermanos suyos, ¿le hemos encontrado, le hemos acogido, hemos aceptado al Dios del que nos habla Jesús, hemos aceptado que Él vive presente en la vida de cada ser humano, le hemos recibido a Él en nuestra casa, que era la suya,?
Jesús de Nazaret, como en su tiempo, nos dirige su Palabra por medio de los hombres y mujeres de hoy, sobre todo por los más desfavorecidos de la sociedad. En ellos Dios nos habla, nos interpela y nos pide su liberación y nos pregunta quiénes han sido los que han actuado y siguen actuando así con Él.
Vemos que todavía se ciernen sobre muchas personas de nuestro mundo sombras de dolor, de injusticias. Y Jesús presente en la vida de cada ser humano sufre calladamente en el interior de cada persona, sigue sufriendo en los que sufren. Sigue siendo verdad que el mensaje último y decisivo que Él pronuncia sobre cada hombre, sobre cada mujer lo hemos de escuchar nosotros, cada uno en nuestro corazón. También a nosotros nos habla en nuestro silencio.
Dejemonos penetrar por la fuerza y la luz del mismo Dios, que quiere hacernos sus hijos. Nuestra gran responsabilidad es buscar la presencia de Dios, de la Palabra que habita entre nosotros, que tiene su rostro vuelto hacia nosotros, que mora en el interior de todo hombre, de toda mujer, también en nuestro interior, y nos pide actuar en ayuda de los demás, de los necesitados, de los maltratados, de los olvidados, como actuaba Él… es así como la escucha a Él, a la Palabra alcanza todo su sentido.
Por eso, abrámonos hoy a esta luz que Jesús, la Palabra eterna, hecha hombre nos trae.
La sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo. Abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos. Entonces el Creador del Universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: habita en Jacob, sea Israel tu heredad. Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia ofrecí culto y en Sión me estableció; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad.
Palabra de Dios
R.- LA PALABRA SE HIZO CARNE Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS
Glorifica al Señor, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.-
Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina;
él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R.-
Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así
ni les dio a conocer sus mandatos. R.-
Bendito sea Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.
Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama, cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.
Palabra de Dios
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y grita diciendo: "Este es de quien dije: el que viene detrás de mi pasa delante de mí, porque existía antes que yo"
Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Palabra del Señor
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