Estamos en el domingo II de cuaresma, camino de la Pascua, acercándonos a celebrar la muerte y resurrección de Jesús.
El domingo pasado se nos invitaba, con el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto, a cambiar de modo de pensar: tener bienes, tener poder, tener fama no es la fuente de la felicidad. Hay que dejar esos criterios del mundo y ver que sólo el amor a Dios y a los demás nos puede dar la verdadera felicidad.
Este domingo se nos sigue invitando a cambiar en otro modo de pensar: aceptar la cruz como camino imprescindible para la resurrección.
Nadie quiere cruces en su vida y todos tenemos más de las que quisiéramos tener. Nos asusta, nos espanta, incluso nos escandaliza, la cruz. Hoy se nos dice, que la pasión es el camino de la resurrección. No hay otro camino. Que sólo llegaremos a la luz por la cruz; que no hay vida sin muerte y no hay muerte sin vida; que el grano de trigo para producir fruto tiene que morir.
Este cambio de modo de pensar, para aceptar la cruz, se da en un contexto de relación personal con Dios, relación de fe. Sólo desde la confianza en Dios, poniéndose en sus manos, se puede aceptar la cruz, se puede cambiar.
En el Evangelio: cuando se nos dice que Jesús subió al monte Tabor con tres apóstoles para orar. En la vida del cristiano este trato con Dios, por medio de la oración, tiene mucha importancia. En este trato de amistad con Dios, Dios nos va modelando, transformando, ajustando a su vida divina.
En la primera lectura: Dios hace una alianza con Abraham, haciéndole una promesa. Abraham es, también hoy, modelo para todos los creyentes por su obediencia y confianza con el Señor.
El apóstol Pablo, en la segunda lectura, también nos presenta otra promesa: Dios transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa. Esperamos que, en nuestra relación con Dios, por nuestro bautismo, la Nueva Vida, la vida divina, se vaya desarrollando en nosotros hasta llegar a su plenitud.
En el Evangelio vemos como Dios es fiel a lo prometido: adelanta, en su Hijo, en la transfiguración de Jesús, cómo será nuestra transformación según su condición gloriosa. Jesús, en el monte Tabor, se transfigura delante de Pedro, Santiago y Juan; manifiesta cómo es su divinidad para que, viendo la gloria de Dios, puedan —y podamos— afrontar con mayor entereza y esperanza la muerte en cruz en Jerusalén: "hablaban de su muerte que iba a consumar en Jerusalén" - dicen en su conversación Moisés y Elías con Jesús -.
Es difícil vivir la cruz, los momentos de cruz de nuestra vida, como les fue difícil de entender a estos tres discípulos.
Podemos, como Pedro, quedarnos encandilados con la manifestación de la divinidad de Jesús y exclamar entusiasmados: "¡Qué bien se está aquí!, hagamos tres tiendas". Es la tentación de no querer afrontar la cruz de la moneda y querer vivir siempre la cara, el aspecto más llevadero. Todo tiene su cara y su cruz.
Nosotros los cristianos tenemos que caer en la cuenta de todo esto, y de la responsabilidad que tenemos de no dejarnos acobardar por el ambiente ni caer en la tentación de hacer de nuestra religión un lugar de huida de la realidad.
Lo cómodo y lo improductivo es quedarnos, como pretendía Pedro, quedarnos en lo alto del monte Tabor contemplando la gloria de Dios.
Pero no, hermanos, la transfiguración no es más que un alto en el camino, un momento para recuperar la ilusión y la esperanza.
Es bajando a la arena de la vida, luchando en los problemas de cada día, dando la vida por el Reino, donde Jesús es definitivamente glorificado y reconocido como Hijo de Dios.
Es cierto, los cristianos necesitamos momentos de reposo, oasis de oración y de recogimiento donde poder encontrarnos con el Señor, donde poder tomar fuerzas, ilusión y esperanza. Pero siempre con los ojos y el corazón puestos en la vida, allí donde se fraguan los problemas y conflictos, para poner nuestro grano de arena en la edificación del Reino.
La Eucaristía, tiempo y espacio en que se actualiza el misterio de la transfiguración del Señor, es el momento idóneo para recuperar fuerzas e ilusión. Aquí, recordamos y celebramos que hubo un hombre, Jesús, que dando su vida por los demás hasta el final, fue glorificado por Dios. Y desde entonces su presencia brilla para nosotros en el horizonte como la luz a la que caminamos en medio de este valle de tinieblas.
Que Dios nos conceda transfigurarnos a imagen de su Hijo para que a nuestra vez podamos transfigurar el mundo según los valores del Reino de Dios. Para que mostrándose a nosotros en su gloria, su contemplación nos ayude a vivir nuestras cruces con esperanza.
Que así sea.
Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
Plaza de la iglesia 2 · 96 168 84 21 · info@parroquiaserra.es