Quinto domingo de Cuaresma. Estamos ya a las puertas de una la Semana Santa; y ello es lo que resalta el conjunto de las lecturas que acabamos de proclamar: la experiencia de haber sido transformado por el Señor.
En la primera lectura, de Isaías, escuchamos: "No recordéis lo de antaño... mirad que realizo algo nuevo". Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor les está recreando.
El salmo lo expresa así: "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres", "que el Señor cambie nuestra suerte". A la vuelta del destierro de babilonia, el pueblo alaba a Dios por el gran cambio experimentado.
San Pablo, en la segunda lectura, dice: "Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome a lo que está por delante... para ganar a Cristo Jesús". "Todo lo estimo pérdida, comparado con el conocimiento de Cristo".
Esta experiencia de ser transformado por el Señor se plasma de un modo claro en el texto del Evangelio. Jesús es enfrentado por los expertos con la ley, le presentan a una mujer sorprendida en adulterio; le dicen que la ley les manda apedrearla. ¿Tú que dices?La respuesta de Jesús es muy práctica: enfrenta a estos hombres con su propia conciencia. No con la ley. "Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". La ley que se impone, la ley de esta nueva creación, es la ley del amor, pues para Jesús no hay otra ley.
Jesús le dice a la mujer: "¿Dónde están tus acusadores?", "Yo tampoco te condeno". Dios no condena a nadie, siempre está dispuesto al perdón. Libera a la mujer de la pesada carga de la condenación.
Y despide a la mujer: "Anda y en adelante no peques más". Jesús ha venido a luchar contra el pecado del mundo, pero ha venido a manifestar su misericordia a los pecadores. Quiere quitar el pecado con la colaboración del pecador, corrige perdonando, no castigando.
La conversión es posible; es posible que la adultera se convierta y cambie; es posible que los "condenadores" de todo se conviertan y cambien. Es posible porque Jesús ha venido a reconstruir las vidas, no a destruirlas; porque la cercanía del amor de Dios que cura y sana es más fuerte que la conciencia de distancia del propio pecado.
Jesús «denuncia» con su pregunta a los acusadores de la mujer que no se pueden hacer pasar por buenos a base de condenar a otros. ¡Cuánto hay de esto hoy como ayer! Gente que se hace "la buena" porque señala o comenta los "errores" de otros.
¡Cuánto chisme en nuestras conversaciones que se alimentan de ver la mota en la vida del otro sin prestar la mínima atención a la viga que llevamos dentro! Y no es que lo que se comente no sea verdadero. Pero Jesús deslegitima esta manera de comportarse...
El verdadero camino es reconocer primero los propios errores. Este reconocimiento será el que nos haga más comprensivos y más misericordiosos... Jesús viene a decirnos que transforma más la misericordia que la acusación.
Los acusadores de la mujer no eran mejores que ella; sólo habían sabido ocultar mejor que ella sus pecados, ocultar, como hoy diríamos, sus "trapos sucios". Tenían en su interior el pecado "tapado" u "olvidado". Pero lo tenían dentro. Porque lo tenían, no eran capaces de perdonar. Quienes no se habían abierto al amor de Dios, eran incapaces de abrirse a la compasión ante la mujer pecadora.
Si perdemos el sentido del perdón, nos convertiremos en inmisericordes. Necesitamos experiencia de ser perdonados para poder construir una convivencia fraterna y reconciliada.
Este domingo de Cuaresma, en la tradición eclesial, es el domingo de la vida. En el ciclo A se proclama la resurrección de Lázaro. Lucas nos dice lo mismo, de otra manera (ahí la importancia del símbolo de escribir sobre la arena). Jesús da la vida perdonando los pecados y salvando a la pecadora de morir apedreada por quienes también estaban llenos de pecado en su corazón.
Jesús transforma nuestro corazón de carne por un corazón "de entrañas". El corazón de piedra endurecido por el pecado, en un corazón vivo por la acción del espíritu de amor.
Hermanos, hoy es una buena ocasión para preguntamos por los gestos de vida que cuidamos, que ponemos en marcha. Quizá no hay apuesta por la vida tan grande como ir por la vida dando misericordia. Los "buenos" y los "misericordiosos"; esos que solemos decir que son tontos, que les toman el pelo, que se ríen de ellos... esos son los que heredarán el Reino de los cielos. Esos "buenos" son los que siembran bondad, amor, misericordia, perdón, reconciliación…
"No juzguéis y no seréis juzgados" es la frase que hoy parece resuena en nuestros oídos. No sería mal compromiso para este domingo.
Hermanos, que el Señor que nos pone ya en el pórtico de la Semana Santa, nos conduzca a una vida nueva donde, olvidando nuestros pecados e infidelidades, nos sintamos todos más hermanos; para que perdonando y sembrando más amor, alcancemos los frutos del Espíritu de la Salvación que habita ya en nosotros.
Que así sea.
Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando. ¿No lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo; me glorificaran las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.
Palabra del Señor
R.- EL SEÑOR HA ESTADO GRANDE CON NOSOTROS, Y ESTAMOS ALEGRES
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R.-
Hasta los gentiles decían:
"El Señor ha estado grande con ellos."
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R.-
Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares. R.-
Al ir, iban llorando, llevando semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas. R.-
Hermanos:
Todo lo estimo pérdida, comparando con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.
No es que haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo. Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.
Palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús se retiró al Monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y colocándola en medio, le dijeron:
-- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adulteras: tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo, y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
-- El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y se quedó solo Jesús y la mujer en medio de pie.
Jesús se incorporó y le preguntó:
-- Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?
Ella le contestó
-- Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
-- Tampoco yo te condeno. Anda y adelante no peques más.
Palabra del Señor
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