Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

"Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de las tres es el amor"
San Pablo (1 Cor. 13, 13)

Homilías

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Homilia Primer Domingo de Cuaresma

Al comenzar este año la Cuaresma sería bueno, y hasta necesario, hacer nuestra propia y personal confesión de fe. Expresar interior —y por qué no, también externamente— en qué creemos realmente, en qué empeñamos nuestra vida. Mejor dicho, en quién creemos y cuales son los valores que mueven nuestra vida.

Y la deberíamos hacer con la experiencia de haber vivido otras "cuaresmas", de haber pasado por otros "desiertos", de haber convivido con otras "tentaciones"... Los cristianos tendríamos que confesar nuestra fe en nuestros ambientes, que tantas veces quieren silenciar lo religioso y lo cristiano.

Confesar la fe como Moisés recomienda al pueblo de Israel (en la primera lectura), recorriendo nuestra historia personal y viendo, en la misma —con la perspectiva del tiempo y los años vividos—, la mano de Dios y todo lo que ha hecho por mi. Ojalá queramos confesar la fe en Jesucristo, como dice Pablo en la segunda lectura, con los labios y el corazón

Uno de los actuales, y quizás más grandes retos de nuestra religión cristiana, es hoy redescubrir que la religión (la fe) no es otra cosa que el seguimiento de una persona: Jesús de Nazareth [no una idea, no una fuerza energética, no un conjunto programático de buenas intenciones].

Durante muchos siglos hemos simplificado o reducido la práctica religiosa a un conjunto de ejercicios piadosos, de devociones particulares, de mandamientos y de ritos. Cosas que si al principio tuvieron su significado para muchos hoy lo han perdido.

No tenemos más que salir a la calle, asomarnos al televisor, a los programas de radio, la prensa o internet, para constatar que para muchas personas de nuestro tiempo la religión es algo ya trasnochado, algo folklórico, obsoleto, algo de épocas pasadas, de viejas y de curas.

Nuestros jóvenes se aburren en misa porque el rito y los gestos que en ella realizamos ya no son significativos para ellos (y eso si van a misa). Los mayores perciben los mandamientos como imposiciones de un Dios que "va sacando cuentas" de nuestros cumplimientos. Porque sí, muchas veces venimos y estamos, simple y llanamente por cumplir, no sea cosa que Dios nos castigue. Para la sociedad, la Iglesia no es más que una organización gobernada por obispos y curas reprimidos y autoritarios que buscan consideración y reconocimiento en un ámbito, el social, que ya nada les corresponde ("pepitos grillos" que más de una vez "mean fuera de tiesto", con perdón).

¿Qué pasa entonces? Que al final, la religión, nuestra fe católica, es percibida como una imposición, como algo que hay que cumplir porque la se exige, pero no porque tenga sentido, no porque lo vivamos. Y esto que digo no es algo que pase lejos de nosotros, también en nuestro pueblo se da. Bastaría con preguntar a muchas familias el porqué quieren que su niño o su niña haga la Primera Comunión, si es por sentirse cristianos o porque el niño no se sienta aislado y extrañado con respecto a los otros o por no desairarle sin los típicos regalos. O preguntar a los jóvenes que piden el Sacramento de la Confirmación, ¿por convencimiento, por qué les interesa confirmar su fe o simplemente porque se dejan llevar por no desairar a sus padres o abuelos? ¿No será porque piensan que es lo que toca y así tener una excusa para reunirse semana tras semana con sus amigos?. Ni hablar porque se hacen las fiestas...

En todo este conjunto de cosas, en esta situación tan lamentable, todos los cristianos estamos implicados, y debemos preguntarnos dónde está el Espíritu de Jesús. ¿En qué hemos convertido el cristianismo para que difícilmente se perciba como lo que en realidad debería ser: la comunidad de los seguidores de Jesús?.

Puede que lo que haya pasado es que sencillamente en la Iglesia hemos caído en las tentaciones que tuvo Jesús: en usar el dinero, el prestigio y el poder para imponer la fe. Y todo ello haya dado el fruto que antes comentábamos, una fe sin espíritu ni compromiso, una fe decorativa y folklórica que queda muy bien de marco en una boda.

Hermanos, esta autocrítica no quiere ser agria, sino purificadora como la Cuaresma misma. Tenemos que recuperar el espíritu verdadero de nuestra religión. Tenemos que tomarnos en serio el seguimiento de Jesús. La fe, la religión, sólo tiene sentido si hacemos que sea vehículo (medio) para relacionarlos con Cristo. Hacer del Señor el centro de nuestra vida, tratar con Él, intentar aceptar sus criterios: no a la ambición, y sí al compartir; no al orgullo y al aparentar, y sí a la sencillez y al rebajarse ante los demás; no al poder ni al imponer, y sí al servicio desinteresado.

En medio de esta sociedad nuestra que estamos viviendo en la que reina la ambición de dinero y poder, nosotros estamos llamados a ser luz y esperanza de los que nos rodean. Nuestra misión —como la de Jesús—, es la de gritar al mundo que NO, que hay otra forma de ser y de vivir, que no todo es competencia desleal, abuso, discriminación, violencia, individualismo, consumismo y poder.

Sí, hermanos, sí. Hay otra forma de ser y de vivir. Otra manera, quizás más difícil pero seguro que la única que nos puede hacer más humanos: ser Hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Todo pasa, la ambición, el imperio, el poder, la fortuna, el prestigio, todo se lo lleva el viento, y sólo permanece el que ha hecho de Dios su Roca.

Hermanos, hemos comenzado hoy, el viaje hacia la Pascua. No olvidemos que la Cuaresma, en sí misma, no tiene sentido. Que es una señal de tráfico que nos indica la ruta para que lleguemos a la meta que es la Pascua. La cuaresma es indicador pero, la razón de ser, es Cristo con su muerte y resurrección, el mismo que da sentido a nuestra fe, el único que, si nos dejamos transformar a su imagen y semejanza, hará brotar de nosotros el "hombre nuevo", la Nueva Iglesia que trabaja por hacer realidad ese Reino de Dios que da la felicidad completa a todo hombre.

Que así sea.

Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
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