El Evangelio nos presenta una parábola con la que nos refleja una de las realidades de nuestro mundo.
Ricos y pobres: Personas y pueblos que tienen todo y que despilfarran. Personas y pueblos que carecen de lo esencial para una vida humana digna.
También en la primera lectura, el profeta Amós, censura la conducta de los ricos, que mantienen su confianza en las prácticas religiosas, y no se duelen de la desgracia de los pobres. Encuentran en el rito público, de "cara a los demás" el disimulo de su egoísmo.
Siempre, antes y ahora, encontramos mil y una razón para justificar nuestro egoísmo: "Esto que tengo es mío, me lo he ganado yo".... "Si trabajaran... entonces no estarían en la miseria"..., "la vida está cara y se necesita mucho dinero"... "que les ayuden quien tiene y puede ayudarles"..."que se vayan a su país y no nos quiten el trabajo"..., "siempre habrá pobres en el mundo, yo no puedo solucionar el problema de la pobreza"...
Y es así, hermanos, como con frecuencia, cerramos los oídos al clamor de la gente que nos necesita.
Y, con todo esto, nuestro corazón se vuelve cada día más egoísta, se va cerrando, empobreciendo, hasta el punto de quedarse más insensible a la miseria humana.
En la parábola del Evangelio, se nos dice que los perros lamian las llagas del pobre Lázaro.
A la hora de la verdad, aquel que parecía —y se creía— tan rico, será el más miserable y no tendrá ni una "gota" de agua... su corazón estará seco; habrá perdido irremediablemente, para siempre, su capacidad de amar y compartir.
Mientras que Lázaro, el pobre sencillo y humilde, que se alimentaba con las migajas, y que acogía, agradecido, el gesto de los perros, a la hora de la verdad, será rico, porque tendrá el corazón abierto al amor infinito de Dios y de los hermanos.
La parábola evangélica pretende amonestarnos indicándonos que la suerte nos la jugamos: hoy y aquí abajo, en esta vida, en el momento presente.
Es el presente el que queda fijado en "eternidad". Es el "más acá" el que se transforma en "más allá".
Es aquí y ahora donde hemos de construir la "eternidad", porque ésta no es sino una prolongación de lo que aquí hayamos construido.
Quiza podamos pensar, que al menos en el rico, el más allá constituye un vuelco total: Aquí, buena vida. Allí, un desgraciado. Pero preguntemonos ¿Estámos seguros de que el "banquetear", ponerse vestidos de lujo, acumular dinero, es fuente de felicidad? ....
No existe mayor tormento que una vida vacía o llena de cosas inútiles. No existe mayor tortura que el aislamiento, el cerrarse a los demás, el no ver más allá del propio plato, el no saber usar las manos con el gesto dar. Quién vive pegado a la riqueza, a la opulencia, al bienestar, se convierte en su propio esclavo.
Jesús no condenó al rico porque tuviese, porque vistiese o comiese bien... Jesús reprende al rico porque no supo compartir lo que tenia, porque vivio para sí y no se preocupo de los demás.
Acojamos la severa amonestación que la Palabra de Dios hoy nos hace, invitándonos a estar atentos a las citas del presente y procurar que nuestro corazón no sea un trozo de piedra, sino que sepa atender y escuchar las necesidades de los hermanos.
Que el Señor nos haga pobres necesitados de Dios y de los demás.
Que así sea.
Así dice el Señor todopoderoso:
-- ¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria! Os acostáis en lechos de marfil; tumbados sobre las camas, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes y no os doléis del desastre de José. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos.
Palabra de Dios
R.- ALABA, ALMA MÍA, AL SEÑOR.
Él mantiene su fidelidad perpetuamente
él hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
liberta a los cautivos. R.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R.-
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R. -
Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato: te insisto en que guardes el Mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.
Palabra de Dios
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
-- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó: "Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas."
Pero Abraham le contestó: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros." El rico insistió: "Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento." Abraham le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen." El rico contestó: "No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán." Abraham le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."
Palabra del Señor
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