La Misa siempre es memorial de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En este contexto nos sitúan las lecturas de este domingo, domingo XXIV del Tiempo Ordinario.
El evangelista san Marcos - el evangelista por excelencia de la Pasión -, sitúa a Jesucristo, camino de Jerusalén, camino de su muerte y resurrección. El profeta Isaías, en la primera lectura, expresa, con el conocido "canto del siervo de Dios", los sufrimientos de su misión y su confianza en Dios.
Jesús, en medio de sus apóstoles, tras la confesión de Pedro ("Tú eres el Mesías") trata de explicar cual es su mesianismo: "El Mesías tiene que padecer, ser condenado y ejecutado y resucitar al tercer día. Los apóstoles, como el pueblo de Israel, esperaban un Mesías liberador de tipo político, en el que sólo se concebía el triunfo y la gloria. Sin embargo, cuando Jesús es reconocido como Mesías por Pedro, él anuncia sus padecimientos para expresar que no hay gloria sin cruz, ni vida sin muerte, ni salvación sin dolor.
El Mesías, el Salvador, el Dios en el que nosotros creemos es un Dios que asume el sufrimiento de la humanidad muriendo libremente en la cruz. Y esto para nosotros, es un misterio, algo que nuestra razón no alcanza, porque Dios nos podía haber salvado de otra manera, podía haber ofrecido otra respuesta al sufrimiento humano. Sin embargo lo que hace es compartir la muerte con nosotros, el eterno se hace al mismo tiempo mortal. Dicho de otro modo, lo divino se humaniza para que lo humano alcance lo divino.
Además de este mensaje, la segunda lectura del apóstol Santiago dice que la fe sin obras es una fe muerta. Es una apreciación muy interesante para el modo de concebir la fe hoy en día de mucha gente. La fe no es sólo un sentimiento interior que uno tiene, no es algo privado. La fe tampoco es unas celebraciones hechas por compromiso social. La fe se tiene que manifestar en el modo de vivir, en las obras que uno hace. Podíamos preguntarnos hoy: "¿Qué he hecho yo por ser cristiano?". Y, por poner en conexión esta lectura con las otras dos, podríamos decir que las obras que se nos piden hoy, en esta celebración, a los cristianos, es asumir las cruces en nuestra vida.
¿Qué decimos cuando, en un ambiente frío u hostil, como el de la sociedad actual, se nos interroga sobre nuestra fe? ¿Qué respuestas ofrecemos, desde nuestra vivencia religiosa, cuando se nos plantea la ausencia o inexistencia de Dios en medio del mundo?
De progreso o bienestar social.
Como a Pedro, también a nosotros, el corazón nos puede traicionar. Queremos un Jesús amigo, confidente, compañero pero sin demasiadas exigencias. Es como cuando en nuestras relaciones personales somos amigos mientras "no nos canten las cuarenta" o "serás mi amigo siempre y cuando no pongas piedras en mi camino". Jesús no quiere amigos de esos, amigos de conveniencia. Jesús nos lo dice claro: "quien no coja su cruz y me siga no es digno de mi".
Es cómoda una fe sin obras. Claro que es cómoda y sencilla de vivir.
¿Que quieres vivir bien? ¡No te compliques la vida! Pero, viene el Señor y nos recuerda que para entrar por la puerta del cielo, hay que emplearse a fondo en su causa. Confesar el nombre del Señor no solamente es despegar los labios y, dentro de unos instantes cuando recemos el credo, decir un "sí, creo". Confesar que en Dios está nuestra salvación, nuestra razón de ser y existir, exige, además, un construir nuestra vida con los ladrillos de la fraternidad, el perdón y el testimonio de nuestra fe.
¿Queremos confesar, con todas las consecuencias, el nombre de Jesús? Aprendamos a conocerle más y mejor. Preocupémonos de meditar su Palabra. De avanzar por los caminos que Él nos propone. El Señor, además de bautizados en su nombre, desea gente de bien que viva según lo que nos exige el Bautismo: una vida en Dios, entregada a los demás y profundamente arraigada en Cristo.
Decía Jesucristo en el evangelio: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el evangelio, la salvará." Si el Mesías en el que creemos es un Mesías sufriente, nuestro seguimiento de ese Mesías no puede eludir ese sufrimiento. Ser cristiano no es un camino de rosas; pero es que vivir, ser persona, tampoco es un camino de rosas. Ser cristiano es el mejor modo de vivir las espinas, los sufrimientos, que conlleva vivir.
Dice Jesús tres cosas: que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga y que pierda su vida por el evangelio. Estas son las obras que se nos piden hoy.
Que nos neguemos a nosotros mismos. ¡Qué difícil! Estamos acostumbrados a vivir centrados en nosotros mismos: "Yo pienso... yo opino... a mí me parece". Estamos pendientes de nuestras sensaciones (me siento bien, hace calor), de nuestras necesidades (tengo hambre, tengo ganas de ir al servicio), de nuestros sentidos (que ruido hace), de nuestros sentimientos (que solo estoy), de nosotros mismos. Es tal el cambio que se nos pide, que nos resultará difícil entender. Para negarse a uno mismo hay que centrarse en Dios o en los demás (que es parecido). Esta idea se puede comprender desde lo que vive una persona que vive enamorada: la persona de la que se ha enamorado pasa a ser el centro de su vida: piensa por ella, siente por ella, vive por ella.
La segunda cosa que se nos pide es que carguemos con nuestra cruz y le sigamos. Cargar con la cruz no es una invitación a resignarse, como solemos entender. Hay cruces que son evitables y hay que evitarlas; pero hay otras que tenemos que asumir, aceptar y cargar con ellas. Todos huimos de la cruz. Nos espanta la cruz. Pero hay que asumirla. La cruz se nos puede presentar de innumerables formas: una soledad, una enfermedad, una muerte, una incomprensión, una difamación... Cargar con la cruz y seguir a Jesús para poder llevar la cruz con las mismas actitudes que la llevó Jesús: con confianza en Dios, con misericordia hacia el prójimo.
Y, por último... "Perder la vida por el Evangelio." Puede parecer una cosa extraordinaria de personas excepcionales. Sin embargo todos tenemos, en nuestro estado y en nuestras profesiones, innumerables formas de perder la vida por el evangelio, de gastar la vida por los demás, de vivir sirviendo a los demás en vez de sirviéndonos de ellos... Pensemos por ejemplo en unos padres de familia al servicio de los suyos, o un sacerdote al servicio de su parroquia, o un médico al servicio de sus pacientes, o un albañil que realiza sus tareas impecablemente para seguridad de quien habite en las viviendas que está haciendo...
Nuestra fe se tiene que traducir en obras, en actitudes que tenemos que manifestar en nuestra vida: pensar en los demás, cargar con la cruz, gastar la vida por el evangelio.
Hoy Jesús espera una respuesta de nosotros. Podemos continuar siendo cristianos "de boquilla" o cristianos auténticos, coherentes y comprometidos. En nuestras manos está.
Qué el Señor nos de la iluminación necesaria para actuar en la vida de un modo consecuente con nuestra fe.
Que así sea.
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