El evangelista Marcos nos narra el episodio de Jesús, en Nazaret, donde no fue apreciado ni estimado por sus paisanos. Y ello le llevó a pronunciar la famosa frase “no desprecian un profeta más que en su tierra”. Ezequiel, el profeta, se asusta ante una misión muy difícil encargada por Dios; y el Señor le responde que, al menos, este pueblo rebelde sepa que hubo en profeta entre ellos. Ser profeta es ser testigo de Dios. Y Pablo de Tarso, en su debilidad, lo fue. Dios usó de su debilidad para triunfar. Es pues, este domingo primero de julio, el domingo de los profetas.
Pero, ¿qué es un profeta sino un enviado de Dios cuya misión es invitarnos a tener fe? Fe, de verdad, fe en Dios, a confiar en Él.
¿Qué es tener fe en Dios? Confiar en él, obedecerle, confesar lo que uno cree. Cree en Dios quien espera en él. Cree en Dios quien piensa que haciendo caso a los planes de Dios va a ser más feliz que haciendo caso de sus propios planes. Cree en Dios quien en su vida testimonia de palabra y, sobre todo, de obra lo que cree en la intimidad de su conciencia y lo que celebra con la comunidad. La fe en Dios lleva consigo una profunda confianza en las posibilidades del ser humano, aunque este esté envuelto en el pecado y la miseria.
Nuestra sociedad es una sociedad en la que ha crecido considerablemente el número de personas que no creen en Dios o que son indiferentes. Quizás estas manifestaciones se deban al poco testimonio que damos los cristianos, pero también podríamos pensar en lo que dicen las lecturas de este domingo.
La primera lectura del profeta Ezequiel nos dice que el pueblo de Israel es testarudo, obstinado y rebelde para con Dios y su mensaje; es decir, el pueblo de Israel no hacía caso de la voluntad de Dios, prefería seguir sus propios caminos. A la fidelidad de Dios, que Dios había expresado en la Alianza, el pueblo de Israel le era infiel porque no cumplía con su parte de la Alianza: obedecer los mandatos de Dios. La rebeldía del pueblo de Israel es una rebeldía en la obediencia que es parte de la fe. Si mirásemos la situación de la sociedad actual podríamos ver que, en general, también es una sociedad rebelde contra la voluntad de Dios, que está alejada de sus mandamientos. Una sociedad que se cree autosuficiente. Una sociedad “relativista”. No hay verdades absolutas. Todo es discutido y discutible y, si no, se acepta lo que dice la mayoría y ya está.
Frente a la postura del pueblo de Israel, la carta del apóstol Pablo nos muestra, en su persona, un bonito contrapunto. San Pablo ha abandonado el orgullo de ser judío a ultranza, porque el reconocimiento del propio pecado, expresado en el texto como la “espina” que tiene en su carne, le ha hecho humilde y le ha hecho descubrir que sin Dios, sin su gracia, él no sería nada. “Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad”. Habría que profundizar en esta idea en una sociedad sin conciencia de pecado. Quizás esta falta de conciencia de pecado esté en la raíz de la falta de fe en Dios. Seríamos menos autosuficientes, menos soberbios, si tuviéramos conciencia de nuestras limitaciones y miserias. Ser religioso, ser creyente, lleva consigo necesariamente la conciencia sana del pecado. Esto es, que por naturaleza caemos, somos débiles, nos apartamos del camino. Pero en esa flaqueza encontramos nuestra fortaleza. Nos podemos levantar. Reconciliarnos con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos.
Jesús es rechazado en su pueblo, entre sus conocidos, dando sentido al conocido refrán de “nadie es profeta en su tierra”. Al respecto se me ocurren dos consideraciones.
En primer lugar, la fe es una postura previa a todo lo que uno tiene, una gracia, no es el resultado de una experiencia. La presencia de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, no dan fe a quien previamente no está dispuesto a aceptarlo. Es la fe la que hace obrar milagros. Es la fe la que hace que sus palabras nos transformen interiormente.
En segundo lugar, el conocimiento que tenemos sólo sirve para la fe si es un conocimiento que nace del amor. Normalmente nosotros utilizamos lo que conocemos de los demás para desacreditarlos, porque nos falta amor hacia esas personas. Además quienes conocían a Jesús no le creen porque es demasiado cercano e ellos, demasiado conocido. Cuando conocemos a los demás, sin amor, los desacreditamos para ser mensajeros de las cosas de Dios. “¿Cómo uno de nosotros va a ser más que uno de nosotros?”. Humildad, nos falta humildad.
Para terminar la fe es confiar en Dios, obedecerle, confesarle. Para tener fe, a la luz de la Palabra de este domingo de los profetas, hay que obedecer los planes de Dios, reconocer el propio pecado y poner amor en nuestro conocimiento de Jesús y de los demás.
Qué el Señor haga crecer la fe en todos nosotros.
Que así sea.
En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía:
-- Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.
Palabra de Dios
R.- NUESTROS OJOS ESTÁN EN EL SEÑOR, ESPERANDO SU MISERICORDIA.
A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R.-
Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor nuestro,
esperando su misericordia. R.-
Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos. R.-
Hermanos:
Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: "Te basta con mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad". Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Palabra de Dios
En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que le oía se preguntaba asombrada: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí?" Y desconfiaban de él. Jesús les decía:
-- No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extraño de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.
Palabra del Señor
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