Parroquia

Nuestra Señora de los Ángeles

Serra, Valencia

No permitas jamás que la soberbia domine en tu corazón o en tus palabras; porque de ella tomó principio toda especie de perdición.
(Tobías IV , 14)

Homilías

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Homilia Domingo II de Adviento

En este segundo domingo de Adviento, tiempo que nos propone la Iglesia para prepararnos a encontrarnos con Dios en nuestra vida, salimos, de la mano de Juan el bautista —la voz que grita en el desierto—, al encuentro del Señor.

"Salimos”, reflejando que somos nosotros, los hombres, la comunidad de los creyentes, los que nos ponemos en camino. Sin embargo, es preciso recordar que si nos podemos encontrar con Dios es, en primer lugar, porque Él sale a nuestro encuentro. Él tiene la iniciativa en la relación con el hombre, nosotros la respuesta.

En este encuentro, como dice la primera lectura y reitera el Evangelio, Dios nos pone todas las facilidades y nos hace propicio el camino: "Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios; ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia”.

En la relación entre Dios y las personas, en este encuentro que preparamos en el tiempo del adviento, la iniciativa es de Dios. El camino que lleva a Dios no lo hemos construido nosotros, es Dios quien lo ha trazado en la vida y obra de su Hijo Jesucristo.

Este encuentro con Dios, esta búsqueda por parte de Dios del hombre y esta respuesta del hombre se dan hoy y aquí con cada uno de nosotros. Dice el Evangelio, manifestando la temporalidad de la presencia de Jesús: "En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea y su hermano Felipe virrey de Iturrea y Traconítide, y Lisano virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás...”. Entonces fue una presencia real, y hoy es un encuentro real, con las connotaciones históricas y culturales propias de nuestra época.

Para que el encuentro se pueda realizar, el hombre también tiene que andar su parte de camino. Las lecturas y la situación de la sociedad actual nos dan algunas pistas de por donde tiene que ir hoy la respuesta del hombre.

En primer lugar nos podemos aplicar las palabras del profeta: "Preparad el camino al Señor”. El camino, como dice la segunda lectura, se prepara con frutos de justicia: "así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia...”.

No podemos olvidar que el mejor modo de estar dispuestos a recibir a Cristo en nuestra vida es una vida repleta de frutos que se corresponden con la voluntad de Dios. La justicia divina es lo que se ajusta a la voluntad de Dios. Lo que se ajusta a la voluntad de Dios es el amor universal.

En segundo lugar, podemos concretar esos frutos, de la mano del profeta Juan el bautista, en la conversión; es decir, en el cambio de mentalidad y en el cambio del proceder, para parecernos más a Jesús.

Juan, el bautista predicaba un bautismo de conversión. La segunda lectura dice: "...pues habéis crecido en sensibilidad para apreciar los valores”.

Es posible que hayamos reducido la llamada a convertirnos a un cambio de actitudes.  Pero lo que hay detrás de esta llamada es en realidad una invitación a vivir la vida en comunión con Dios.  Y esto sí que es buena noticia, porque lo importante es que Dios está cerca de nosotros, El está viniendo en cada persona y acontecimiento, el Señor está llamando a la puerta de nuestro corazón y nos está tocando ya con su mano, invitándonos a caminar juntos, a mirar juntos hacia el mismo horizonte.

La conversión consiste, pues, en salir de nuestro aislamiento, dejar esa soledad egoísta en la que a menudo nos escondemos para que no nos moleste nadie y abrir nuestro corazón a este Dios que llega.

Opino que el problema es que no nos tomamos en serio a Dios cuando dice que nos quiere salvar, cuando nos dice que quiere compartir su vida con nosotros.  ¡Si fuésemos capaces de creerle! ¡Si fuésemos capaces de comprender lo que significa vivir con Dios! Ya no estar nunca solos, vivir en su presencia, dejar nuestro cansancio en sus manos y calmar nuestra sed en la fuente de su corazón...  ¡Si realmente empezásemos a mirar a las personas y al mundo  como las mira Dios!  Quizás entonces empezaríamos a comprender que el amor y la bondad lo inundan todo, quizás entonces sentiríamos renacer en nosotros la alegría y la esperanza  y nuestros ojos se iluminarían con el descubrimiento de que a pesar de todo, en este mundo nuestro, ha empezado a brillar ya la aurora de la salvación.

Está claro que, cuando uno tiene sensibilidad genuinamente cristiana, percibe cómo están en confrontación los valores del Evangelio y los valores del mundo, y hasta qué punto los valores del mundo están metidos en nuestro modo de pensar y de actuar.

Los valores del mundo están representados en las tentaciones de Jesús: el tener, el poder y la fama. Valores que, si los seguimos, nos incapacitan para encontrarnos con Jesús. Frente a ellos hay que poner los valores del amor, el servicio y la humildad.

La sociedad actual tiene unos antivalores, añadidos a los anteriores, que es preciso conocer y superar.

Vivimos en una sociedad científica, positivista y materialista, en la que parece que sólo existe aquello que se puede captar por los sentidos y se puede demostrar científicamente. Es preciso manifestar nuestra fe y nuestra vida espiritual como una cosa tan real como la realidad sensible, la realidad palpable.

Vivimos en una sociedad de indiferencia religiosa; al ateísmo, combativo con la religión —propio de otros tiempos—, ha dado paso al agnosticismo, que no se plantea nada acerca de Dios pero vive como si Dios no existiera, con lo cual se genera una fuerte indiferencia religiosa. Es preciso manifestar como nuestra fe incide en nuestra vida real y concreta, en nuestro pensamiento y en nuestras obras.

Vivimos en una sociedad relativista en al ámbito del pensamiento y de la moral; no hay valores absolutos, no hay normas válidas para todos. Es preciso manifestar que nosotros vivimos valores y normas morales válidas para todas las personas y para todos los tiempos.

Vivimos en una sociedad del bienestar que fomenta el consumismo y el hedonismo, valores que pueden embotar al ser humano de cara a vivir valores espirituales, como dice el dicho popular: "Bien comío y bien bebío, ¿qué mas quieres cuerpo mío?”. Es preciso manifestar que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, que hay otros valores más importantes por los que merece la pena luchar.

Dios está continuamente en camino hacia el hombre, hacia ti, allanando el camino, llamándote por medio de los profetas. Si quieres caminar hacia su encuentro tienes que hacerlo con frutos de justicia y con la conversión del corazón, superando los obstáculos de los valores del mundo.

Que el Señor nos ayude a dejar nuestro aislamiento y a salir a su encuentro, para que unidos a nuestros hermanos acojamos felices su venida.

Que así sea.

Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
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