Hoy domingo comenzamos la IV Semana de esta Cuaresma 2010 y apenas nos quedará otra para meternos de lleno en la Semana Santa. Por eso hoy estamos alegres, porque vislumbramos ya la luz fulgurante de la Pascua, de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
Y la liturgia nos presenta uno de los fragmentos más bellos del Evangelio. Uno de esos que todos nos sabemos. La llamada "parábola del hijo pródigo" cuando deberíamos llamarla "del Padre bondadoso" o "del Padre misericordioso"; pues la la figura central y principal de la parábola es el Padre. Porque.. ¿qué pretende Jesús decirnos y enseñarnos con esta parábola? Simple y llanamente que Dios es Amor, Dios es Perdón, Misericordia, Dios es… como el Padre de la parábola.
Además del padre, en la parábola hay básicamente otros dos personajes: el hijo menor, o pródigo, y el hijo mayor, o cumplidor. Todos nosotros tenemos mucho de hijo pródigo y de hijo mayor.
Nos parecemos al hijo pródigo cuando nos apartamos de Dios; cuando nos olvidamos de Dios; cuando damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, nuestra conciencia a la Palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre; cuando ponemos nuestra meta y nuestra aspiración solamente en las cosas materiales. Nos serviría en este momento recordar el Evangelio del primer domingo de esta cuaresma cuando Jesús era tentado.
Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, habiéndonos apartado de Dios, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.
Y también nos parecemos al otro hijo, al hijo mayor; cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no tenemos amor; cuando no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; cuando nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.
Desde luego, el hijo mayor, aún estando en casa con el Padre, era el que estaba más lejos del Padre, porque no había entendido como es el corazón del Padre, como es su Amor hacía los hijos.
Como decía antes, el Padre es el personaje central de la parábola: un Padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo, aunque éste se haya alejado y olvidado de él; un Padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa; un Padre que ama, disculpa y perdona a su hijo; un Padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.
Y Jesús nos dice: "como este Padre de la parábola, así, así es Dios, el Padre celestial".
Un Dios que es de verdad desconcertante. Primero sale a nuestros caminos para vernos regresar. No puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices. Y cuando se encuentra con su hijo que vuelve, y que pretende pedirle mil perdones, no le pide explicaciones, simplemente le abraza y riega su cuello con sus lágrimas. Es más, da la orden inmediata de que se prepare el mejor banquete de la casa. No cabe en sí; está loco de contento.
Dios no es alguien que se enfurece o se enoja por nuestros pecados porque son una desobediencia a sus leyes y normas o porque violan su santa voluntad... Dios no es un juez castigador sin entrañas. Dios es Padre y nos quiere. Y se llena de alegría cuando actuamos en nuestro bien y, porque nos quiere, se entristece cuando nos hacemos mal...
Nadie como los padres —y quizás más aún las madres— pueden entenderlo mejor. Ante el hijo que se droga o va por malos caminos, lo primero no es la reprimenda y la exigencia de las normas de conducta violadas... Lo primero es el mal que ese hijo se está haciéndose a sí mismo.
Así es también Dios... Por eso también, nadie mejor que los padres para comprender la gran alegría del hijo perdido y encontrado, del que estaba muerto y ha vuelto a la vida. Sin duda mayor que por los otros hijos que no transitan por malos caminos... Así es también Dios...
Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida... «Siempre está abierta la puerta pequeña». Siempre está abierta la puerta del corazón de Dios...
Hermanos, que gran lección la de este domingo, domingo de "laetere": No necesitamos aprender a perdonar porque Dios, Padre misericordioso, nos ha enseñado a querer. Contemplar el amor de Dios que lo comprende todo, nos hace aprender a comprender a todos, a ver como Él es siempre Padre que espera aunque nosotros, muchas veces, demasiadas veces, no nos portemos como buenos hijos.
Y así, también nosotros nos sentimos con derecho de volver a Dios siempre. Él siempre está esperando nuestro regreso. ¿Porqué no en esta recta final de la Cuaresma abrir la puerta pequeña del confesionario? ¿Porqué no con sincero ánimo y verdadero arrepentimiento volvemos a la senda que nos lleva a la casa del Padre?. En esta parábola del hijo que vuelve, nos vemos reflejados, pues la vida es un volver a esa casa del Padre, en busca del perdón... Tantas veces nos equivocamos y necesitamos reencontrar la paz, ir a la gran fiesta que nos tiene preparada. Es el camino de la vida de todo cristiano: aprender a volver a la casa del Padre.
Que así sea.
Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Serra, Valencia
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