Cuando estamos a las puertas de comenzar el tiempo de Cuaresma, también en este Domingo, el Señor nos dirige su Palabra que nos cura, nos sana y nos fortalece. Y si el domingo pasado el Evangelio nos presentaba a Jesús ante el leproso, hoy nos lo presenta ante el paralítico.
Pero también nos dirige la mirada hacia unos personajes que a primera vista pasan algo inadvertidos y quizás son los auténticos protagonistas de este relato. Son los cuatro amigos o vecinos que, descolgando la camilla por el techo, presentan al paralítico ante Jesús.
Estos cuatro hombres son capaces de superar todas las dificultades, se abren camino, se suben al tejado, levantan unas tejas y descuelgan la camilla del paralítico.
Ellos nos invitan a nosotros a sortear todas las dificultades para no cejar en nuestro empeño de encontrarnos con el Señor, a no desfallecer ante la dureza de la vida, a mantener siempre la confianza en Jesús. Sobre todo si además somos acompañantes de paralíticos, como pueden ser adultos paralizados por los problemas de la vida, niños paralizados por la falta de educación o personas paralizadas por la enfermedad.
En esos cuatro porteadores que despiertan la admiración de Jesús por la fe que tenían, estamos representados todos.
El paralítico no podía, por sí mismo, acercarse a Jesús, porque se lo impedían sus maltrechos huesos y sus músculos agarrotados y flácidos. Él tenía fe, él quería acercarse al profeta, pero, si alguien no le ayudaba, no podría hacerlo nunca.
En nuestras parroquias, y en la Iglesia en general, o fuera de ella, es importantísimo que haya personas comprometidas y solidarias. Persona dispuesta a comprender, a escuchar, a tender una mano.
También en nuestra sociedad hay hoy muchos paralíticos que necesitan que alguien les ayude a acercarse a Dios. Ellos solos no pueden hacerlo, porque se lo impiden quizá prejuicios familiares o sociales, o alguna experiencia desagradable con algún miembro de la Iglesia, o la cultura y las costumbres del grupo social en el que viven, o porque no está de moda ser cristiano practicante, o la influencia mediática de la televisión y de la prensa, etc.
Si nosotros sabemos presentarles el rostro de un Dios que perdona y que cura, a nuestro mundo y a tantas personas que hoy necesitan, sin exigir nada a cambio, como el Dios con el que se encontró el paralítico del evangelio de hoy, seguro que empiezan a debilitarse las todo que les impedía ver el verdadero rostro de Dios y se animan a buscarle y a acercarse confiadamente a él.
Ojalá que, como esos cuatro camilleros, también nosotros los padres de familia, los catequistas, los sacerdotes, tantos y tantos grupos comprometidos en la vida de la Iglesia seamos capaces y tengamos la valentía suficiente y la desenvoltura necesaria para empujar a todo paralítico que salga a nuestro encuentro (tibios o fríos en la fe) y llevarles al encuentro de la palabra de vida eterna.
Que el Señor nos levante de nuestra postración, y para que nosotros, a su vez, nos pongamos a ayudar a otros a levantarse.
Que así sea.
Esto dice el Señor:
-- No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed del pueblo que yo formé, para que proclamara mi alianza. Pero tú no me invocabas, Jacob; no te esforzabas por mí, Israel; no me saciabas con la grasa de tus sacrificios; pero me avasallabas con tus pecados, y me cansabas con tus culpas. Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.
Palabra de Dios.
R.- SÁNAME, SEÑOR, PORQUE HE PECADO CONTRA TI.
Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.
El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos. R.-
El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.
Yo dije: “Señor, ten misericordia, sáname,
porque he pecado contra ti”. R.-
A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.
Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora, y por siempre. Amén. Amén. R.-
Hermanos:
¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no fue primero “sí” y luego “no”. Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero “sí” y luego “no”; en él todo se ha convertido en un “sí”; en él todas las promesas han recibido un “sí”. Y por él podemos responder: “Amén” a Dios, para gloria suya. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido. Él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.
Palabra de Dios.
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico:
-- Hijo, tus pecados quedan perdonados
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
-- ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de
Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
-- ¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar?” Pues, para- que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados...
Entonces le dijo al paralítico:
-- Contigo hablo. Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
-- Nunca hemos visto una cosa igual.
Palabra de Dios.
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