Hoy escuchamos, siguiendo la continuación del pasaje del Evangelio del domingo pasado, una típica jornada en la vida de Jesús. Es sólo un día más, sin grandes milagros, sin grandes discursos. Pero, precisamente por ser un día cualquiera tiene mucho que decirnos. Porque es en el día a día donde se va forjando nuestra personalidad, es en los días normales donde vamos calibrando nuestra fidelidad, nuestra constancia a los valores, nuestra esperanza y nuestra lucha por un mundo mejor.
La jornada de Jesús comienza como siempre, retirándose a orar, poniendo ante el Padre todos sus proyectos e ilusiones.
Luego, con sus discípulos, se echa a los caminos de Galilea, a anunciar la buena nueva, esto es, que tenemos un Padre Dios bueno que nos ama, que nos cuida y que todos somos hermanos.
Y en medio de la jornada llega la hora de comer. Hoy se encuentran en Cafarnaúm, en el pueblo donde Simón Pedro vive con su familia. La suegra de Pedro les ha prometido darles de comer, pero se encuentra enferma. Jesús inmediatamente se dirige a su casa a verla, la toma de la mano, la consuela, la cura. La enferma se levanta y se pone a servirles.
Luego llega la tarde, acuden los vecinos con sus familiares enfermos, Jesús les anuncia que el Reino de Dios está cerca y como signo de esa cercanía cura las enfermedades de todos.
Al final de la jornada, llega el descanso, pero todavía Jesús busca un rato de soledad para encontrarse con su Padre, para darle gracias por todos los acontecimientos del día, para renovar su confianza en Él.
¿Cómo son nuestros días? A veces pasan casi tan deprisa que no nos enteramos pero con ellos Dios va tejiendo nuestro camino hacia la santidad. Un día cualquiera, una oportunidad más que tenemos para acercarnos al Señor.
Un día que podemos, como Jesús, comenzar al levantarnos y dar gracias a Dios, “Alabad al Señor que sana los corazones destrozados” repetíamos en el salmo responsorial, y pedir que nos dé su fuerza para todo aquello que vayamos a realizar durante nuestra jornada.
Pasan las horas de un día, nos encontramos en muchos lugares, con muchas personas: todos ellos son oportunidades que nos da el Señor para dar testimonio
Basta con poner ilusión en nuestro día a día, en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestros compañeros de trabajo, en nuestros amigos y vecinos. Y dar gracias a Dios por todo lo que vivimos.
Y de este modo vivir anunciando el Evangelio. Así nos lo ha dicho San Pablo también en la segunda lectura “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” y lo que tenemos que hacer dar a conocer el Evangelio “anunciándolo de balde” Que descubramos en lo cotidiano esa presencia invisible pero cercana de Dios que nos salva y nos cura, que nos impulsa a dar lo mejor de nosotros mismos. Y vivir con confianza, confianza en que pase lo que pase, traiga la vida lo que traiga, Él está con nosotros porque somos sus hijos.
Que al meditar esta Palabra de Dios el Señor nos conceda una ilusión renovada por vivir, por vivir cada día con toda la ilusión del que sabe que está realizando el mejor proyecto, su propia salvación.
Habló Job diciendo:
--El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero. Como el esclavo suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerdo que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más dicha.
Palabra de Dios
R.- ALABAD AL SEÑOR QUE SANA LOS CORAZONES DESTROZADOS.
Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R.-
Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R.-
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R.-
Hermanos:
El hecho de predicar no es para mi motivo de soberbia. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación de esta Buena Noticia. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todo, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
Palabra de Dios
En aquel tiempo, al salir Jesús de la Sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marcho al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:
--Todo el mundo te busca.
Él les respondió:
-- Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios.
Palabra del Señor
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